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EL CRIMEN DE EL EJIDO[1]

  • Jan 28, 2018
  • 6 min read

La trama del crimen, si bien ya antes había sido concebida por algunos, empezó a desarrollarse en forma clara y definida con la revolución del general Montero, revolución que tuvo como fin frustrar la candidatura y el ascenso al poder de Leonidas Plaza ─jefe de la dere­cha liberal─ para defender las conquistas democráticas alcanzadas que corrían el peligro de desaparecer, o convertirse en letra muerta.




Ya ni siquiera se disimuló la meta perseguida, pidiéndose desembozadamente la cabeza de los revo­lucionarios. Primero, claro está, la cabeza del soldado montubio:


Metacarpo que suda tinta

en este retrato de la mula

entidad de ese estúpido guerrero

os invita a romper la servidumbre

que avergüenza la patria ecuatoriana,

escalando la cumbre

del cerro de Santa Ana;

y, desde la colina,

que a Guayaquil domina,

a administrar al perro traicionero

Pedro J. Montero

pildoritas de plomo ... y estricnina.[2]



Estos versos, insertos en el folleto titulado El Partido Conservador sindica a los asesinos de Alfaro y compañeroseditado en Panamá en 1919, fueron pu­blicados en Riobamba y reproducidos en La Prensa de Quito. Estaban firmados por Metacarpo, seudónimo de César Borja Cordero, poeta y aristócrata “liberal” guayaquileño.


Como se sabe, las pildoritas de plomo fueron administradas en realidad, seguidas de un festín canibalesco que repugna recordar. Después de apresado, un consejo de guerra le condenó a 16 años de reclusión mayor, y cuando se leía esta sentencia al prisionero, fue victimado a tiros por la misma guardia encargada de su custodia. El general colombiano César Sánchez Núñez, testigo de los trágicos sucesos, en su libro Fuego y sangre, publicado en Bogotá en 1913, dice: “Luego los asesinos en número de más de doscientos, bestias feroces, arrastraron el cadáver escaleras abajo y lo pasearon por la calle Aguirre hasta la Plaza de Rocafuerte, en donde designan el sitio para quemarlo. Ya le han arrancado un brazo, el derecho; le han sacado los intestinos y el corazón, como también mutilado…Detente pluma ante la moral…”.[3] Los delincuentes se llevan la cabeza y el corazón de la víctima como sangrientos trofeos de guerra, tal como sucedía entre las tribus primitivas, y la viuda tiene que pedir su de­volución en el siguiente cablegrama dirigido al encargado del poder ejecutivo: “Señor.- Deber sagrado de esposa me obliga a dirigirme a usted, para solicitar entrega cabeza y corazón de mi esposo señor general Pedro J. Montero que existen como trofeos en poder del Ejército del general Leonidas Plaza Gutiérrez, co­barde y alevosamente asesinado anoche”.[4] Y, luego de esto, el general Plaza tuvo la avilantez de acusar al pueblo de Guayaquil del nefando crimen. “El pue­blo forzó las puertas, y lo ultimó a balazos. Acto de justicia popular pero bárbaro y cruel”.[5] Así consta en una circular dirigida a gobernadores, jefes de zona y delegados militares. ¡Eso repite en cable dirigido al presidente y a sus ministros!


Pero la cabeza de Montero no fue sino el ini­cio. Lo que se perseguía en verdad, muy sagazmente y con miras de largo alcance, era la total eliminación de los jefes militares alfaristas, que constituían dentro del ejército un baluarte de la revolución. En Quito se repartieron hojas sueltas, impresas en la imprenta oficial de la Escuela de Artes y Oficios, con la nómina de todos los que debían “ser pasados, por las armas por la espalda, previa formal degradación”, desde generales hasta sargentos mayores, ofreciéndose dar a conocer después “los nombres de los demás Jefes y Oficiales que merecen el mismo castigo”. Este obje­tivo, aunque todavía sin la liquidación física, había sido iniciado ya por Plaza en su primera administra­ción, según confiesa en una carta, a Lizardo Garcíatranscrita en la obra de Roberto Andrade ¡Sangre! ¿Quién la derramó?: “Muy difícil, me parece ─dice─ que existan militares alfaristas en los cuarteles en la depuración que he hecho en cuatro años de una dedi­cación esmerada en el asunto”.[6] Sin embargo, existían. Tan arraigado estaba allí el alfarismo.


Asesinado Montero, el turno correspondía a los otros prisioneros, arteramente detenidos luego del rompimiento de las capitulaciones de Huigra. Para eso era necesario conducirlos a Quito, donde predomi­naban las fuerzas placistas y conservadoras, donde el ambiente se había preparado mejor mediante una calumniosa campaña de prensa y donde los más altos personeros de gobierno estaban complotados para el crimen. La muerte estaba allí, tal como todos decían y sabían. La Constitución, periódico oficial dirigido por el ministro Octavio Díaz, afirmaba sin ambages en un editorial que “Alfaro cayó para siempre el once de Agosto, y si viene será para que el pueblo de Quito haga con él y los suyos lo que hizo el pueblo de Lima con los Gutiérrez”.[7] Quito era el escenario escogido ypreparado. Por esta razón, cuando se cree que el viaje de los generales a esta ciudad iba a ser suspendido, lafuribunda protesta de la élite antialfarista no se hizo esperar, tal como aparece de un telegrama que constatranscrito en el libro titulado El mes trágico. Dice así:


"Señores Generales Plaza y Andrade.- La sola lectura de los telegramas de ustedes al Gobierno, ha causado profunda indignación en las masas populares, que piden a grito herido la sanción legal para los trai­dores y el cumplimiento inmediato de la orden del Gobierno para que sean remitidos a esta capital. El comicio popular reunido en este instante en casa del Encargado del Poder Ejecutivo, ha resuelto lo arriba expresado".[8]


La comunicación anterior está firmada, entre muchísimos otros, por Juan Francisco Game, Lino Cárdenas, José Gabriel Navarro, Juan León Mera Iturralde, Aurelio de la Torre, Alfonso Moscoso, Manuel Stacey, Carlos Villavicencio, Melchor Costales, Carlos G. Ordóñez, Eduardo Mena Caamaño, J. Francisco Urrutia Suárez y Francisco Chiriboga Donoso. Todos estaban desesperados por la posibilidad de que las víc­timas escaparan del sacrificio ya resuelto. El tal comicio popular había sido preparado ex profeso para dar fuerza al mal intencionado pedido. Pedido o exigen­cia que tenía el pase ─la autorización─ de Carlos Freile Zaldumbide, cómplice principal de la tragedia que se preparaba.


El viaje a Quito era, pues, imprescindible.


El tren ─el tren traído con tanto esfuerzo por Alfaro─ empezó el ascenso de los Andes en un día de enero de 1912. Parecía un cortejo fúnebre. Los prisioneros sabían, de antemano, el fin que les esperaba. Nadie se hacía ilusiones al respecto.


Llegados a Quito en pleno día, los prisioneros fueron dejados en el Panóptico a merced de la turba previamente preparada, pues el batallón “Marañón” que les condujo desde Guayaquil se retiró por orden expresa del coronel Sierra, un adlátere de Plaza. La guardia del Penal, cuando entraron los asesinos, perma­neció impasible. Sin ninguna defensa los detenidos fueron sacrificados y sacados a la calle para el innoble arrastre verificado en medio de escenas indescriptibles por sus bajezas, las que no obstante eran aplaudidas desde los balcones por las damas de la alta sociedad, que arrojaban sogas y banderolas a los arrastradores, tal como afirma el escritor colombiano Sánchez Núñez en su libro Fuego y sangre, aparecido en Bogotá un año después de la masacre. El coronel Olmedo Alfaro cita entre los azuzadores a un Arteta, a Jacinto Jijón y Caamaño, a Alejandro Salvador, a Carlos Pé­rez Quiñones, a Fernando Pérez Quiñones y a Rafael Vásconez Gómez; ¡los tres últimos, también generosos donadores de dinero para los asesinos![9]


Y vino el final dantesco: la incineración de los cadáveres en las piras de El Ejido. Era el 28 de enero de 1912.


Foto original de la hoguera bárbara en El Ejido


Todo había sucedido sin que la fuerza pública intervenga para nada. Con el silencio total del clero que tanto predicaba caridad. Sólo cuando todo había terminado, cuando nada había que hacer, el arzobispo salió a las calles para apaciguar al pueblo. Más pare­cía una sanción de los hechos consumados.


Eloy Alfaro, Medardo Alfaro, Flavio Alfaro, Ulpiano Páez, Manuel Serrano, Luciano Coral: he aquí los nombres de las ilustres víctimas. El coronel Belisario Torres había sido asesinado anticipadamente.


Los mártires de enero de 1912



La Prensa ─otro periódico placista─ festejaba los crímenes con unos versos que terminaban así: “Y soledad tan inmensa ─el alma dice suspensa─ bien muerto está Eloy Alfaro”.


La reacción ha querido culpar al pueblo de los sangrientos acontecimientos para salvar su respon­sabilidad, tesis a veces acogida por escritores que no son de derecha, sin darse cuenta que esa postura ayuda alavar las culpas de los verdaderos responsables. Nada más falsa que esta astuta afirmación, no respaldada con ninguna prueba. “El pueblo, ni masa alguna participó en el crimen, fue un puñado de fanáticos, reaccionarios y asalariados”,[10] afirma con toda razón Elías Muñoz Vicuña en su documentado libro Los generales no co­rren.


Baldón, entonces, para los responsables. Y más todavía para los responsables intelectuales, que aga­zapados cobardemente manejaron los títeres.




[1] Capítulos del libro de Oswaldo Albornoz Peralta, Ecuador: Luces y sombras del liberalismo, Editorial El Duende, Quito, 1989, pp. 119-140.

[2] El Partido Conservador sindica a los asesinos de Alfaro y compañeros, Panamá, 1919, p. 15.

[3] César Sánchez Núñez, Fuego y sangre, Imp. Eléctrica, Bogotá, 1913, p. 56.

[4] La semana trágica. Gua­yaquil criminal, 1914, pp. 10, 4.

[5] Ibíd.

[6] Roberto Andrade ¡Sangre! ¿Quién la derramó?, Imp. antigua de “El Quiteño libre”, Quito, 1912, p. 217.

[7] La Constitución Nº 45, Quito, 10 de enero de 1912.

[8] Luis Eduardo Bueno, El mes trágico: compilación de documentos para la historia ecuatoriana, Imp. Valdez, Quito, 1916, p. 223.

[9] Olmedo Alfaro, El asesinato de Alfaro ante la historia y la civilización, 1912.

[10] Elías Muñoz Vicuña, Los generales no co­rren, Imprenta de la Universidad de Guayaquil, Guayaquil, 1981, p. 114.

 
 
 

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